Everest sin oxígeno

El equipo Garmont felicita a Mariano Galván por su extraordinario logro de hacer cumbre en el Everest sin oxígeno.

 

Gonzalo Rivarola: Hoy a la mañana tuve la alegría de volver a comunicarme con Jorge y Mariano que llamaron desde Periche para volver a confirmar lo bien que estaban y lo contentos que estaban porque Mariano había logrado el 19 de mayo la Cumbre del Everest sin el uso de oxígeno adicional.
Más tarde, recibí nuevamente noticias de ambos, que radiantes de felicidad nos tranquilizaban nuevamente acerca de su salud enfatizando que estaban muy bien, enteritos y muy contentos.
Contaban que habían, por fin, llegado a Namche Bazar y que estaban con ganas de bajar hasta Lukla.

Mariano decía: “pude hacer cumbre el 19 de mayo a las 11 h. de Nepal, junto con otras 200 personas que intentaron ese día. No use oxígeno adicional, y no use sherpas para el acarreo de la carpa, ni de la comida, ni del gas. Es decir, sin asistencia, en lo que es mi periplo desde el Campo Base hasta la Cumbre y de vuelta a la misma lo que significó tener que bajar con unos 40 kg desde el Campo 2 al Campo Base.”

Añadió luego: “Esta es una expedición totalmente Argentina, y pude desplegar la celeste y blanca en la cumbre, en la manera más deportiva que permite el Everest, ya que recordemos que los sherpas fijan las cuerdas en la mayor parte del recorrido; y es a quienes cualquier andinista que transite por el camino que lleva a la cumbre, les debe estar eternamente agradecido por tan duro trabajo. Por eso gracias a los sherpas que equipan la ruta y a mi compañero de expedición, Jorge.”

Mariano y Jorge en diálogo telefónico más tarde, ya más distendidos, se mostraron muy conformes y orgullosos de haber podido hacer una expedición netamente argentina, en forma deportiva y prolija. Volvieron a agradecer a todos aquellos que en la Argentina y el resto del mundo estuvieron haciendo el aguante y se despidieron para poder empezar un tan merecido descanso.


 

Everest Autonomía y Determinación
Segunda cumbre Argentina en la montaña más alta del planeta y sin uso de oxígeno suplementario.
Por Mariano Galván
Fuente Kóoch

El Everest sin oxígeno, uno de los mayores retos que se puede plantear un montañista. Tan solo unos pocos en comparación a los casi más de 5.000 ascenciones que tiene Sagarmatha con el empleo de oxígeno adicional.

Recordemos que el ascenso sin oxígeno, conlleva a elevar el riesgo de congelaciones, aumenta la acidosis láctica en el organismo, y expone a los montañistas a una mayor predisposición a los edemas cerebrales. A pesar de conocer todos estos riesgos y de tener tan sólo la experiencia de un 8 mil (el Lhotse, de 8.516 msnm), decidí arriesgarme y emprender este gran suelño.

Luego de muchas aventuras propias de una expedición de este tipo, logré, llegar al campamento 4 de Everest (a unos 7.950 msnm) para enfrentarme cara a cara con la Diosa Madre. El Everest, la montaña que hace que el resto parezcan pequeñas elevaciones en el horizonte, el techo del mundo. Estar parado a sus pies fue una experiencia increíble y aterradora por momentos, uno se siente totalmente insignificante y desprotegido ante tanta inmensidad.

Se conocen los rioesgos al dedillo, pero también hay muchos fantasmas que rondan, en base a las historias de otros montañistas que no han logrado subir sin oxígeno. Frases como: “si hay mucha gente seguro que te congelás algún dedo…”; “si esperás más de media hora, seguro te dormís y te congelás…”; o “las cuerdas tienen que estar libres para que puedas llevar tu ritmo”, entre otras. Todo eso me metía miedo pero no soy de rendirme ante los miedos.

Tenía buena prepaación ya que había pasado todo el verano trabajando en Aconcagua a una altura de más de 4.300 mts. He llegado a cargar mochilas de hasta 50 kg., y la motivación por sobre todas las cosas, estaba a tope. No pensaba en otra cosa. Cada día que trabajaba era para juntar el dinero para Everest. Recordemos que no hay sponsors para este tipo de actividad.

Y ahora casi nada me separaba de mi sueño, tan solo la delgada carpa que me abrigaba en el campo cuatro y … doscientas personas que erse día intentaban la cumbre del Everest. ¡Record de asistencia! Y yo justo quería intentar sin oxígeno…

En fin, salí decidido a las 21:45 del 18 de mayo, con una noche fría y algo ventosa. La temperatura sería de unos -35° C, casi lo de siempre a esa altura. Rápidamente conecté al gran grupo que iba delante de mí, en una interminable línea de linternas que iluminaban la cara sureste de una manera especial y hasta maravillosa.

El ritmo de la gente era muy lento, a pesar de todos tener su botella de oxígeno. Caminaban despacio y pude aguantar un poco ese ritmo pero luego tuve que tomar una decisión: quedarme y seguir ese terrible ritmo lento, con el riesgo de sufrir congelaciones, pegarme la vuelta e intentar otro día o soltarme de la cuerda que me brindaba seguridad ante una posible caída a más de 8 mil metros, y caminar libre, ayudado simplemente por un bastón de trekking en un terreno desconocido de hielo y nieve.

Tomé la última opción, sabiendo que quizás pagaría muy cara mi arrogancia con alguna caída. Así que lentamente empecé a caminar al costado de lña larga fila de gente que tras sus máscaras pronunciaban las palabras “¿está sin oxígeno?”. Sin prestarles atención continuaba concentrado en mi respiración y empezaba a pasar a los otros escaladores, hasta que veía un hueco en la fila y me conectaba a las cuerdas fijas para recuperar el aliento y descansar mi mente de la tensión que te produce progresar en manera libre, por una montaña que no conocía.

Realicé este procedimiento hasta que pude pasar a la cantidad de gente adecuada. El resto era resistir; el viento se hacía notar cada vez más y levantaba la nieve, que se las ingeniaba para golpear las pocas partes de piel que quedaban expuestas.

 


“CASI NADA ME SEPARABA DE MI SUEÑO, TAN SOLO LA DELGADA CARPA QUE ME ABRIGABA EN EL CAMPO CUATRO Y … DOSCIENTAS PERSONAS QUE ERSE DÍA INTENTABAN LA CUMBRE DEL EVEREST”


 

Mi nariz, por supuesto, fue la primer víctima de este viendo helado y me produjo quemaduras que luego generarían unas pequeñas ampollas.

El resto del cuerpo no tuvo problemas, incluso los pies, en los que no sentí ningún enfriamiento a diferencia del año anterior en el lhotse.

Todo estaba marchando bien, pero sentía como el cansancio se acumulaba en mí. Además no estaba hidratando todo lo que debía.

Luego, comprobé, ya era demasiado tarde. Se habían congelado las botellas y tan sólo pude tomar unos 750 ml, en un día de unas 20 hs. de caminata.

Varias falsas cumbres se sucedían, hasta que finalmente veo el atolladero de gente en el escalón Hillary. Ya no quedaba nada para la cumbre, pero a la vez el panorama no era muy alentador.

Una vez llegado al escalón tuve una dulce espera de unos 40 minutos, que aproveché para devorar algo y terminar de tomarme lo poco que no se me había congelado. Buscaba cada rayo de sol que podía, y era cómico cómo trataba de que mi nariz recibiera parte de ellos; empezaba a doler y mucho.

Finalmente pude pasar este difícil paso de roca resbaladiza, que gracias a los Sherpas que equipan la ruta, hacen que sea más seguro y fácil de transitar. Así y todo hay que ponerle un gran esfuerzo. Los 8,700 metros se hacen sentir y no es nada fácil, menos cuando no se lleva oxígeno. Se siente como si se tuvieran los pulmones tan pequeños que hay que hacer fuerza para que entre el aire.

Veo la gente en la cumbre y mi corazón empieza a palpitar de manera alocada, estaba completamente lúcido y sin dolores de cabeza ni nada, sólo cansancio. Todo era perfecto. Las nubes no iban a entorpecer la vista. El viento era el único invitado indeseable.

Mi vista no puede digerir todo lo que ve, lo que más me llama la atención es el Lhotse con sus 8.516mts, que me había permitido estar en su cumbre el año pasado. Parece tan bajo que no puedo creer la altura que tiene. Es que el Everest hace que cualquier montaña sea diminuta.

Luego del placer de estar ahí los primeros minutos, coloco la bandera Argentina en la cumbre. Me siento orgulloso de ser argentino y de mostrarle al mundo de que tenemos un nivel de atletas y montañistas comparable con las grandes potencias. Me he ganado el respeto de muchos que contemplaban que no empleaba oxígeno y que andaba solo. Doy paso a las tareas típicas de la cumbre: sacar fotos, filmar, dar el último vistazo y prepararme para el descenso. Que sabría no iba a ser fácil. El cansancio se hacfe sentir, y la bajada, muy empinada, se me hace más difícil que el ascenso. Agradezco en silencio nuevamente la tarea de los Sherpas y agradezco a los dioses por tan lindo día, bajo con una sed increíble. El viento sigue gopeando duro, y veo como mi carpa se movió por efectos del mismo, pero afortunadamente sigue ahí, aguantó bien. Con las últimas luces del atardecer llego a mi tienda, prendo rápidamente el calentador y luego de derretir un poco de agua, me rindo ante el cansancio. No tengo bolsa de dormir, no la he llevado para ahorrar peso, así que debo acurrucarme sobre el aislante y rogar porque sea suficiente abrigo para esa noche. ¡Increíblemente duermo toda la noche sin tiritar!. Pero al día siguiente me esperaba más aventura.

Po error, luego de derretir agua el día anterior, dejé los fósforos tirados dentro de la carpa sin ninguna bolsa ni nada. Ahora no prenden y no puedo derretir el agua congelada. Afuera el viento ruge con más fuerza, el interior de la carpa se encuentra todo congelado por la respiración, todo es frío, y no tengo nada para combatirlo. Y la sed, por Dios, es abismal.

La ecuación es fácil, debo desarmar la carpa e irme para campo 2 donde tengo otra carpa y ahí podré tomar agua. ¡Pero qué lejos que siento el campo 2!. Veo cómo el resto de la gente prácticamente abandona sus carpas, y parten con su botella de oxígeno para abajo, a tierras menos hostiles. Pero yo no tengo la ventaja de que me desarmen la carpa ni nada parecido, así que se vuelve una tarea tediosa. EL frío a las 6 am es intenso. Armo mi mochila de manera desprolija, y trato de seguir a algunos montañistas, pero no puedo mantenerles el ritmo, nuevamente me encuentro solo y deambulo prácticamente hasta el campo 3 donde ya el sol abriga, y se siente bien. Trato de exprimir una de las botellas congeladas, pero sólo logro sacar unas gotas; afortunadamente unos escaladores me convidan un poquito de agua, suficiente para llegar a campo 2.

Me parece una eternidad lo que tardo en llegar a mi segundo refugio, pero lo he logrado: autonomía, determinación, y sin el uso de oxígeno!. Qué bien se siente poder cumplir un sueño, la montaña ha sido buena conmigo, pero me ha castigado bastante en el camino de subida. Me ha puesto a prueba en todos los aspectos. Doy gracias por eso, porque me permite conocerme un poquito más. Ahora sé que se puede respirar a 8.848 metros, lo he probado en carne propia.

 


“VEO LA GENTE EN LA CUMBRE Y MI CORAZÓN EMPIEZA A PALPITAR DE MANERA ALOCADA, ESTABA COMPLETAMENTE LÚCIDO Y SIN DOLORES DE CABEZA NI NADA, SÓLO CANSANCIO. TODO ERA PERFECTO.”


 

Ya empiezo a soñar con otras montañas, y eso que todavía no me he bañado, así son las montañas, adictivas, hermosas y peligrosas. Brindo por eso. Gracias familia y amigos que nos siguieron y nos apoyaron todo el tiempo.

“Gracias a Diario Jornada y a Garmont Indumentaria de Montaña.”

 

KÓOCH / ENTREVISTA A MARIANO GALVAN

KÓOCH: ¿Cuándo te conectaste con la montaña?
Mariano: Siempre estuve conectado con la montaña, viajaba de Trelew a Esquel a hacer clicloturismo, algunas mini expediciones con amigos, pero a los 25 años hice el quiebre y dejé todo, trabajo, familia… Me fui a Mendoza a estudiar guía de montaña y ahí puedo decir que arranqué, hice mi primer seis mil en el Plata, Aconcagua…

K: ¿Cómo fue tu progresión?
M: A mi me gusta plantearme desafíos, en Aconcagua, por ejemplo primero hice el glaciar de los polacos en solitario, después el filo Sur-Este y después el desafío final en lo técnico fue la pared sur y en solitario, pero el desafío en la parte física neta era en los ocho miles, probarse en la altura máxima y ahí es donde empecé a soñar con el Lhotse (8.516 ,snm) que es un ocho mil técnico accesible y después fue el Everest (8.848 msnm) que fue un enamoramiento más que un sueño. Pasó que desde el Lhotse vi que era hermoso y a pesar de saber que era comercial que me iba a encontrar con mucha gente lo que lo hace menos afín a un montañista, pero a pesar de todo eso no pude dejarme de seducir a probarme si podía llegar al techo del mundo.
Por donde lo mires sigue siendo el techo del mundo, con o sin gente, comercial o no comercial, con cuerdas o sin cuerdas, muy tentador para un montanista.

K: Por lo general en Himalaya empiezan por los ocho miles más bajos pero tú propuesta no se adecuó a eso.
M: Sí, arranqué por el Lhotse en solitario, después soñé con el Everest… Sabía que era medio violento el salto, sabía que por ahí estaba soñando un poco de más, pero sabía también que mi forma de trabajar tres meses en Aconcagua me otorgaba un plus por sobre otros. El tema es conocerse a fondo y saber dónde está el límite.

K: ¿Ahora que cumpliste un sueño, qué anhelás?
M: Necesitaba hacer el Everest para saber que puedo caminar por lo más alto del mundo y lo pude hacer muy bien, para el próximo año ir al K2 será el desafío más grande. El K2 es la montaña de las montañas, donde se conjuga todo: altura, dificultad, aislamiento… es la monataña, para mí ese es el verdadero Everest. Este proyecto, claro está, depende de conseguir financiamiento. O capás que salen otros ocho miles, me gusta esta carrera por los 14 ochomiles y me siento cómodo así que vamos a ver.

K: ¿Lo harías con el mismo estilo?
M: O menos… (Risas) lo bueno que en el K2 no te ponen las cuerdas, es como retomar el camino que hice en Aconcagua, ya hice la más alta por una vía no técnica y lo bueno del K2 es que es la segunda montaña más alta, es técnica, no tiene cuerdas fijas, el clima es complicado… entonces es el desafío para probarme si estoy en buen nivel o no.

K: ¿Te afectó el ascenso en caravana?
M: Lo tenés que ver como una dificultad más, como cuando hay viento o nieve hasta la rodilla… son problemas que los tenés que ir resolviendo. Entonces no podés renegar contra la gente, porque la gente es inherente a la montaña y uno también está ahí, entonces no nos podemos pelear por tener la exclusividad de la montaña.

K: ¿Cómo cambia la adaptación física de los 8.000 metros hasta la cumbre del Everest?
M: Hay una barrera grande en los últimos doscientos metros porque ahí se te suma todo. Ahí te das cuenta que el Everest sin oxígeno está reservado para unos muy pocos, que tenés que ser un atleta con mucho entrenamiento para lograrlo porque sino te llevas puesta la montaña. Tenés que estar entrenado al 110% sino te bajás o te quedás ahí.

K: ¿Cuál fue tu estilo?
M: Es el mismo que vengo repitiendo en todos mis ascensos. Es un estilo limpio, cargándome mis cosas, yendo muy finito con el tema del equipamiento; por ejemplo, ahora en el Everest no usé bolsa de dormir ni en el campamento III ni el campo IV corriendo un gran riesgo.
Vale mencionar que en Everest no te queda otra que progresar por las cuerdas fijas y por las escaleras que colocan los Sherpas porque la verdad es que sin eso sería casi imposible. Pero no usé Sherpas para que me lleven e instalen la carpa en ninguno de los campamentos, y después bajé con 38 kilos del campo II a campo base.
La verdad es que es durísimo ir de campo III al IV con todas las cosas, eso te va descontando piernas para lo que va a ser el día de cumbre. Es un estilo duro, pero es el estilo que me gusta, que voy a seguir defendiendo.

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